Mensaje: Callos espirituales

| Diario Vivir, Salud Espiritual | 6 mayo, 2012

(Por: Dante Gebel)

Mi padre podía quemarse y no sentir nada en sus dedos, tenía callos a causa de los golpes en la carpintería.
El mismo efecto de callosidad aparece a nivel emocional o espiritual.
Escuché de gente que trabaja en Etiopía o Somalia que ven a diario a miles de niños al borde de la muerte por inanición y dicen: “Si no desarrollas un poco de callosidad emocional para protegerte sicológicamente, terminas enfermándote y no puedes continuar”.

La constante exposición y el contacto, ya sea a lo sagrado o lo profano, producen callosidades en el corazón humano.

La madre de un bebé puede desarrollar cierta “sordera” para los gritos de su hijo, mientras los demás no pueden hablar entre si por los gritos del bebé.

Estar en contacto con lo profano, como la pornografía puede causar callos. Al principio está la adrenalina, el sentimiento de culpa…luego se hace casi “normal”.

Puedes estar en contacto con la sangre, con los muertos, con la basura, con el estiércol, y tarde o temprano te acostumbrarás…

Pero sabes que es lo peor?
Cuando te acostumbras a lo Santo.
Cuando las cosas sagradas se convierten en comunes y corrientes.
Cuando se te hacen callos espirituales.
Cuando lo que ayer te producía pasión y asombro…hoy es rutina.
Cuando ir a la iglesia es una costumbre.
Cuando durante el sermón miras la hora o piensas que harás luego que termine.
Cuando ministras…y estás pensando como te ves.
Cuando predicas y lo haces profesionalmente, sin temor y temblor por las vidas que estás afectando.

Mi compromiso es: NUNCA permitiré que lo sagrado se convierta en algo común. Dios me lleve a su presencia antes que eso suceda en mi ministerio!

Vive tu día, como si fuera el último

| Salud Espiritual | 26 octubre, 2011

Ríe hasta no poder más, que nadie reirá por ti con tanta libertad y solo vive con el coraje, que no te has dejado vencer.

Siente el aire que te envuelve y dale tu alegría y vive cada día con esa pasión. Aprende a dejar el pasado atrás para así poder vivir.

Vive tu día, como si fuera el último, día de tu vida.
Vive sin preguntarte tonterías, vive feliz que los demás vivan su vida.
Prende tu imaginación, imaginando que tus dedos tocarán el sol.

Solo te queda esta vida, para hacer de tu pentagrama melodías.
Y así saber que realmente vives, vive con ganas de sentir.

El aroma del amor, el sabor de perdonar.
Aunque no creas olvidar ya tus heridas sanarán.
Deja al alma recitar, lo que nunca antes cantó.
Deja que el niño que enterraste, juegue en el jardín de tu imaginación.

Y solo vive tu día.

Ríe hasta no poder más, que nadie reirá por ti con tanta libertad.
Tú eres el dueño de tu risa, reír será a tus heridas medicina.

Has lo que tengas que hacer, que nadie robe de tu tiempo un minuto más.
No esperes que lo que tu quieres llegue hacia ti, vive tus sueños desde ahora.
Y así saber que realmente vives, vive con ganas de sentir.

El aroma del amor, el sabor de perdonar.
Aunque no creas olvidar ya tus heridas sanaran.
Deja al alma recitar, lo que nunca antes canto.
Deja que el niño que enterraste, juegue en el jardín de tu imaginación.
Y solo vive con el coraje, con que lo hace el, que no se ha dado por vencido.

Siente el aire que te envuelve y dale tu alegría y vive cada día con esa pasión.
Tienes que aprender a dejar el pasado atrás para así poder vivir.

Cajita de Leche

| Salud Espiritual | 25 octubre, 2011

Dos hermanitos en puros harapos, uno de cinco años y el otro de diez, iban pidiendo un poco de comida por las casas de la calle que rodea la colina.

Estaban hambrientos: “vaya a trabajar y no molesten”, se oía detrás de la puerta; “aquí no hay nada, pordiosero…”, decía otro…Las múltiples tentativas frustradas entristecían a los niños…Por fin, una señora muy atenta les dijo: “Voy a ver si tengo algo para ustedes… ¡Pobrecitos!”
Y volvió con una cajita de leche.

¡Que fiesta! Ambos se sentaron en la acera.
El más pequeño le dijo al de diez años: “tú eres el mayor, toma primero…y lo miraba con sus dientes blancos, con la boca medio abierta, relamiéndose”.

Yo contemplaba la escena como tonto… ¡Si vieran al mayor mirando de reojo al pequeñito…!
Se lleva la cajita a la boca y, haciendo de cuenta que bebía, apretaba los labios fuertemente para que no le entre ni una sola gota de leche.

Después, extendiéndole la lata, decía al hermano:
“Ahora es tu turno. Sólo un poquito.”
Y el hermanito, dando un trago exclamaba: “¡Está sabrosa!”

“Ahora yo”, dice el mayor. Y llevándose a la boca la cajita, ya medio vacía, no bebía nada.
“Ahora tú”, “Ahora yo”, “Ahora tú”, “Ahora yo”…

Y, después de tres, cuatro, cinco o seis tragos, el menorcito, de cabello ondulado, barrigudito, con la camisa afuera, se acababa toda la leche… él solito.
Esos “ahora tú”, “ahora yo” me llenaron los ojos de lágrimas…

Y entonces, sucedió algo que me pareció extraordinario.
El mayor comenzó a cantar, a danzar, a jugar fútbol con la caja vacía de leche.
Estaba radiante, con el estómago vacío, pero con el corazón rebosante de alegría.
Brincaba con la naturalidad de quien no hace nada extraordinario, o aún mejor, con la naturalidad de quien está habituado a hacer cosas extraordinarias sin darles la mayor importancia.

De aquél muchacho podemos aprender una gran lección: “Quien da es más feliz que quien recibe.”
Es así que debemos amar. Sacrificándonos con tanta naturalidad, con tal elegancia, con tal discreción, que los demás ni siquiera puedan agradecernos el servicio que les prestamos.”

¿Cómo podrías hoy encontrar un poco de esta “felicidad” y hacer la vida de alguien mejor, con más “gusto de ser vivida”?

¡Adelante, levántate y haz lo que sea necesario!

Cerca de nosotros puede haber un amigo que necesita de nuestro hombro, de nuestro consuelo y, quizá aún más, de un poco de nuestra paz….

Hechos 20:35
“Más bienaventurada cosa es dar que recibir”.

Lucas 6:21
“Bienaventurados los que ahora tenéis hambre; porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.”

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